El bosque de al lado

(ESPAÑOL – ENGLISH)

by Iara Vega-Linhares

Cuando nos mudamos del centro de la ciudad a nuestro barrio, hace varios años, me maravillé por tener un bosque justo al lado de casa. Lo conocía tímidamente. Mis hijas intimaron rápidamente con el bosque, pues empezaron a cruzarlo diariamente camino a la escuela junto a otros niñas y niños. De hecho es recomendación de la instrucción pública en Suiza enviarlos solos para estimular su independencia y sentido de orientación, sin contar la intensa vida social que van haciendo por el camino. Recuerdo el entusiasmo de mi hija Claudia al comentar todos los nombres de champiñones que habían observado in situ con su profesor de ciencias, además de saber nombrar cada especie de árbol cuando hacíamos nuestros paseos familiares.

Yo nací y crecí trasladándome de una urbe a otra, y aunque la naturaleza siempre me fascinó guardaba hasta no hace mucho una relación más bien contemplativa hacia ella. Le tenía una mezcla de admiración y cierto respeto al bosque, no me atrevía a penetrarlo sola. Cuando decidí hacerlo, empecé en bicicleta. Me fascinó su amplitud y la variedad de caminos y posibilidades de paseos que ofrece, estando en bici siempre me iba más allá y terminaba haciendo mis fotos a orillas del lago o del río.

Hace algunos años empecé a caminar siempre que podía y tenía tiempo, de la ciudad hacia el lago, adonde me sentía segura. Hasta que mi marido, que ya corría sus 5 km en el bosque me empezó a acompañar los fines de semana y me llevó por su sendero. Luego empezamos a caminar otros, hasta que nos salimos de los caminos habituales, trazando nuestras rutas, según el tiempo, la energía y el ánimo.

Luego vino la necesidad de salir a caminar durante los días de semana. Compré bastones de marcha nórdica y me entrené en la práctica todos los días posibles. Sin darme cuenta había roto la barrera, el miedo de entrar sola al bosque. El sentimiento liberador era una evidencia. Se instaló ese grandísimo placer. El de caminar cotidianamente en la naturaleza, sin obstáculos. Este auto-análisis lo hago en perspectiva.

La riqueza de poder atravesar el campo y observar los cultivos agrícolas en todo su proceso, llegar al borde del rio Aare y regresar a pie a tu casa cruzando variedad de árboles, entre pájaros, alguna ardilla, uno que otro pasante y con suerte con un venado. Todo ello durante las cuatro estaciones con los matices de cambios de temperatura, de colores y de paisajes que esto representa.

La buena costumbre se instaló por tener el bosque que ahora siento protector tan cerca. Pero también gracias a la flexibilidad de trabajar como independiente desde mi casa y lograr hacer juegos malabares entre mis labores de la casa, del jardín, de madre y mis ocupaciones laborales y, o creativas.

En Abril del éste año 2020, inicios de la primavera, salí por uno de mis senderos habituales cámara en mano, de ahí las fotos de ésta publicación que tuve ganas de compartir en éstos días de fin de verano, junto al ésta pequeña confesión.

Salud y buenas vibras!

Iara.

THE FOREST NEXT DOOR

When we moved from the center of the city to our neighborhood several years ago, I marveled at having a forest right next to my house. I knew it shyly. My daughters quickly became intimate with the forest, as they began to cross it daily on their way to school together with other girls and boys. In fact, it is the recommendation of the public education entities in Switzerland to send them alone to stimulate their independence and sense of orientation, not counting the intense social life that they are doing along the way. I remember my daughter Claudia’s enthusiasm when she commented on all the mushroom names that they had observed in situ with her science teacher, as well as knowing how to name each species of tree when we went on our family walks.

I was born and grew up moving from one city to another, and although nature always fascinated me, until recently, I kept a rather contemplative relationship with it. I had a mixture of admiration and a certain respect for the forest, I did not dare to enter it alone. When I decided to do it, I started cycling. I was fascinated by its breadth and the variety of paths and possibilities of walks it offers, while on my bike I always went further and ended up taking my photos on the banks of the lake or river.

Some years ago I started walking whenever I could and had time, from the city to the lake, where I felt safe. Until my husband, who was already running his 5 km in the forest, began to accompany me on weekends and took me along his path. Then we began to walk others, until we got off the usual paths, tracing our routes, according to time, energy and mood.

Then came the need to go for a walk on weekdays. I bought Nordic walking poles and trained this practice every day possible. Without realizing it I had broken a barrier, the fear of entering the forest alone. The liberating feeling was evidence. That great pleasure was installed. The one to walk daily in nature, without obstacles. I do this self-analysis in perspective.

The wealth of being able to cross the field and observe the agricultural crops in all their process, reach the edge of the Aare river and return on foot to your home crossing a variety of trees, among birds, a squirrel, the occasional passer-by and hopefully with a deer. All this during the four seasons with the nuances of changes in temperature, colors and landscapes that this represents.

The good habit was installed by having the forest that now I feel protective so close. But also thanks to the flexibility of working as a freelancer from home and managing to juggle between my housework, garden, motherhood and my work and creative occupations.

On April of this year 2020, at the beginning of spring, I went out on one of my usual paths camera in hand, hence the photos of this publication that I wanted to share in these days of the end of summer, along with this small confession.

Health and good vibes!

Iara.

1 response to El bosque de al lado

  1. Bello tu bosque y tu hazaña, la naturaleza es como una madre que siempre acoge con amor. El poco tiempo que viví en las afueras de Ginebra en 1991, había un bosque al lado de nuestra casa, solíamos ir mi mamá, Johanna y yo a caminar por las tardes, era un lugar encantado.

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